El niño frente a la realidad.

vistiendose

El niño proyecta en sus juegos el mundo en que le gustaría vivir, mundo “ideal” que no tiene más ley que su propia voluntad. Es el mundo en que vivió cuando era un bebé, cuando bastaba con gimotear para que apareciera la madre y le resolviera los problemas. 

 

 

Pero el mundo real no es un juego, está ahí y reprime gran parte de sus deseos. El niño quiere mandar, pero no siempre puede. Aquí aparece de nuevo la delicada misión de los padres. El niño no puede mandar siempre: tarde o temprano se encontrará con algo que no puede conseguir. También es malo que los padres manden siempre, ya que pueden convertir al niño en un ser dependiente y carente de iniciativa. Tampoco se puede esperar a ver qué pasa en cada  ocasión e improvisar luego, porque el niño carecerá de cualquier tipo de previsión o anticipación.

Como regla general, y a fin de conseguir que el niño tenga más autonomía, se recomienda un código de comportamiento con pocas normas, pero firmes y claras, con sus correspondientes sanciones positivas o negativas. Conforme el niño vaya creciendo podrá ir asimilando nuevas normas hasta que llegue a tener una autodisciplina.

Poco a poco, cuando estas situaciones con “norma” se vayan dando y el niño sepa razonar las normas, se habrá completado, prácticamente, el proceso de socialización y el niño podrá integrarse armónicamente en el mundo real que le ha tocado vivir.

 

 

 

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