Los celos en la primera infancia

A partir del segundo año de vida, el vínculo de apego se consolida y el niño, dentro del ambiente familiar,  inicia la toma de conciencia de las relaciones entre los diferentes miembros del sistema familiar. Como consecuencia de ello, suele sentir deseos de participar de la intimidad de las  relaciones que viven sus padres y, si nace un nuevo hermano, puede tener celos de éste.

 

niño triste

 

Los niños a los dos años van tomando conciencia de que los padres comparten ciertas formas de intimidad (duermen en la misma cama, etc.) en las que ellos no pueden participar. Eso provoca deseos de participar en ella y resistencia a abandonarlos en determinados momentos. Estos deseos y resistencias se trata, sencillamente, de un deseo de participar en la intimidad de los padres. Sólo si las relaciones con uno de los progenitores no son buenas, pueden llagar a establecer relaciones de rivalidad y rechazo por la posesión del otro progenitor. Por ello es fundamental que ambos padres sean figuras de apego.

Por otro lado, los celos fraternales tienen su origen en la reestructuración del sistema familiar que supone el nacimiento del nuevo hermano, y las consecuencias que ello provoca. En efecto, se ha comprobado que el nacimiento del nuevo hermano supone en algunos casos, en cuanto a la madre se refiere, un descenso de las atenciones que se prestaban anteriormente, aumento de las exigencias, prohibiciones y castigo, cambio en la consideración del niño, que pasa a ser visto como mayor,etc. Estos cambios objetivos, provocan en el niño la aparición de conductas regresivas en relación con la comida, limpieza, etc., e, incluso, en algunos casos, la aparición de síntomas (problemas de sueño, rechazo de la comida, negativa a ir a la escuela,etc).

Los celos, como consecuencia del nacimiento de un nuevo hermano, son probablemente inevitables y han de ser considerados como protesta ante los cambios producidos en el sistema familiar y como alarma ante el miedo a perder la disponibilidad y dedicación de las figuras de apego. En condiciones normales, los niños tienen sentimientos de ambivalencia ante su nuevo hermano (lo quieren y le rechazan), y el propio comportamiento de las figuras de apego haciéndoles comprender que compartir la figura de apego no es perderla, es fundamental.

Determinados errores (no explicar con anterioridad el nacimiento del hermano, enviarle con otros familiares durante el tiempo que la madre está en el hospital y los primeros días que ella está en casa, comenzar a enviarle al colegio inmeditamente antes o después, etc) y los cambios bruscos en las atenciones prestadas y las exigencias impuestas, pueden provocar conflictos de celos persistentes en los niños, con importantes consecuencias conductuales. Evitar estos errores, hacer al niño partícipe de la espera y cuidados del recién nacido y, sobre todo, ofrecerle la posibilidad de disponer de varias figuras de apego, es la mejor forma de prevención. 

Criterios educativos útiles para los padres son:

  • Los padres deben percibir las demandas, interpretarlas adecuadamente y seleccionar la respuesta adecuada a la demanda.
  • No aceptar la rabieta u otra forma inadecuada de demanda como procedimiento para obtener gratificaciones o cuidados.
  • Dar abundante estimulación táctil, visual, auditiva que puede ser compartida con el trabajo de los padres aprovechando bien los tiempos en que nuestro hijo nos demanda.
  • Aprovechar las actividades de alimentación, limpieza y juego para una atención más individualizada con el niño.
  • Ser figuras de apego fácilmente accesibles y disponibles, adaptándose a los ritmos del niño.
  • El niño debe percibir que es aceptado independientemente de sus cualidades y comportamientos concretos.
  • Y la mutua colaboración entre padres y educadores, en el caso de que el niño vaya a la Escuela Infantil.

 

 

Fuente de información:

Jesús palacios, Álvaro Marchesi, César Coll. Desarrollo psicológico y educación, I. Psicología evolutiva, ed. Alianza, p. 109-111

 

 

 

El apego

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Autor: Aleksei Venetsianov (1780-1847)

 

Uno de los aspectos cruciales del desarrollo social durante los dos primeros años de vida es el desarrollo afectivo.

El apego y la amistad son los vínculos afectivos básicos, jugando el apego un rol fundamental en estos primeros años de vida.

 

 

 

El apego es un vínculo afectivo que establece el niño con las personas que interactúan de forma privilegiada con él, estando caracterizado por determinadas conductas, representaciones mentales y sentimientos. Conductas que intentan conseguir o mantener la proximidad con la persona a que se está apegado y conductas de interacción privilegiada: llamadas, contacto íntimo, vigilancia y seguimiento perceptivo de las figuras de apego, conductas motoras de aproximación y seguimiento,etc.

El apego supone también la construcción de un modelo mental de la relación con las figuras de apego. Los contenidos más importantes de esa relación son los recuerdos que deja, el concepto que se tiene de la figura de apego y de sí mismo, y , por último, las expectativas sobre la propia relación. Este modelo mental de la relación es construido en base a las experiencias de la relación, interpretadas por el propio niño, y está también influido por lo que los demás le transmiten. Por ello es muy importante que cada progenitor le trasmita una visión positiva del otro y que éstas sean apoyadas en la Escuela Infantil. Este modelo, por otra parte, está en estrecha relación con el desarrollo intelectual del niño, siendo primero más experimental o sensoriomotor, y posteriormente, además, representacional.

El apego es además un conjunto de sentimientos asociados a las personas con las que el niño está vinculado. La adecuada relación con las figuras de apego conlleva sentimientos de seguridad, bienestar y placer, asociados a la proximidad y contacto con ellas, y de ansiedad, cuando tienen lugar separaciones o dificultades para restablecer el contacto.

Este vínculo afectivo se forma a lo largo del primer año de vida:

  • Dos primeros meses de vida. El bebé se comporta como un activo buscador de estímulos sociales, se siente atraído por el rostro, la voz, el tacto y la temperatura de las personas que le rodean; incluso asocia determinadas posturas o estímulos sociales a acontecimientos concretos como el amamantamientos, limpieza, mecimiento, etc…, pero no hay pruebas seguras de que llegue a reconocer a las personas en cuanto tales.
  • Desde el segundo al sexto mes. Discrimina claramente entre unas personas y otras, y acepta mejor las atenciones y cuidados de quienes le cuidan habitualmente. Estas conductas preferenciales, no implican que se rechacen los cuidados ofrecidos por otras personas.
  • Entre los seis y doce meses. Los niños no sólo ponen de manifiesto conductas de preferencia por determinadas personas, sino que ante los desconocidos reaccionan con cautela, recelo, miedo o, incluso claro rechazo. A partir de este período, cuatro grandes sistemas interactúan entre sí y mediatizan las relaciones del niño con el entorno: exploración, apego, afiliación y miedo a extraños. Las figuras de apego sirven de base de seguridad desde la que se explora el entorno físico y social; la afiliación y el miedo a extraños hacen que el niño está interesado en establecer relaciones con los demás, a la vez que se alarma si éstas no tienen lugar en situaciones adecuadas.

En el segundo año de vida el vínculo de apego se consolida, enriqueciéndose sus componentes representacionales por el desarrollo de las capacidades intelectuales. A la vez, el desarrollo de estas capacidades y la adquisición de autonomía motora, facilitan la ampliación del ambiente físico y social con el que interactúa el niño, haciendo también menos necesaria la mediación de las figuras de apego y adquiriendo, de esta forma, mayor autonomía. Dentro del ambiente familiar, el niño inicia la toma de conciencia de las relaciones entre los diferentes miembros del sistema familiar ( la participación del niño en la intimidad de la relación que vive con sus padres y posibles celos ante la llegada de un nuevo hermano).

 

 

Fuente de información:

Jesús palacios, Álvaro Marchesi, César Coll. Desarrollo psicológico y educación, I. Psicología evolutiva, ed. Alianza, p. 107-109