El niño frente a la realidad.

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El niño proyecta en sus juegos el mundo en que le gustaría vivir, mundo “ideal” que no tiene más ley que su propia voluntad. Es el mundo en que vivió cuando era un bebé, cuando bastaba con gimotear para que apareciera la madre y le resolviera los problemas. 

 

 

Pero el mundo real no es un juego, está ahí y reprime gran parte de sus deseos. El niño quiere mandar, pero no siempre puede. Aquí aparece de nuevo la delicada misión de los padres. El niño no puede mandar siempre: tarde o temprano se encontrará con algo que no puede conseguir. También es malo que los padres manden siempre, ya que pueden convertir al niño en un ser dependiente y carente de iniciativa. Tampoco se puede esperar a ver qué pasa en cada  ocasión e improvisar luego, porque el niño carecerá de cualquier tipo de previsión o anticipación.

Como regla general, y a fin de conseguir que el niño tenga más autonomía, se recomienda un código de comportamiento con pocas normas, pero firmes y claras, con sus correspondientes sanciones positivas o negativas. Conforme el niño vaya creciendo podrá ir asimilando nuevas normas hasta que llegue a tener una autodisciplina.

Poco a poco, cuando estas situaciones con “norma” se vayan dando y el niño sepa razonar las normas, se habrá completado, prácticamente, el proceso de socialización y el niño podrá integrarse armónicamente en el mundo real que le ha tocado vivir.

 

 

 

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La socialización, procesos mentales.

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La adquisición de conocimientos sociales es uno de los aspectos fundamentales del desarrollo social. Sin conocimiento social, no hay conducta social ni vínculos afectivos.

Algunas adquisiciones de la socialización se dan sólo embrionariamente y otras; como el reconocimiento de las personas, reconocimientos de sí, identidad y rol, son adquiridas en algún grado por los niños antes de los dos años.

Desde el momento del nacimiento, los niños pequeños son capaces de percibir expresiones emocionales de los demás y tener experiencia vicaria (por observación) de ellas. Un ejemplo es la capacidad de los niños de pocos días que se contagian de las expresiones emocionales de los demás a través de la visión (la observación de un rostro triste provoca en ellos una imitación expresiva de tristeza) o de la audición (lloran más cuando oyen lloran), Además, en los primeros días de vida aprenden algunas señales e indicios sociales: por ejemplo, posturas que se repiten y voces familiares, que son reconocidas y seguidas en forma de pautas de conducta.

El reconocimiento de algunas emociones e indicios sociales no significa que los bebés reconozcan ya a las personas en cuanto tales, sino que se trata probablemente, de un mero contagio emocional. El reconocimiento de las personas en cuanto tales no surge hasta el segundo trimestre de vida, hacia los tres o cuatro meses. Así, por ejemplo, los bebés buscan más el contacto con las personas que conocen que con aquellas que les son desconocidas. Discriminan entre las personas pero no rechazan a los desconocidos.

A lo largo del segundo trimestre de vida, antes de los seis meses, los niños reconocen perfectamente a determinadas personas que adquieren un gran significado conductual para ellos.

Durante el segundo semestre del primer año de vida, frecuentemente en el octavo mes, se produce un cambio cualitativo en el conocimiento social de los conocidos y extraños. Los niños no sólo discriminan entre personas que les son familiares y los desconocidos, sino que adoptan una postura de cautela, recelo o miedo ante los desconocidos.

En lo referente al reconocimiento de sí todo indica que parece ser posterior al reconocimiento de las otras personas. Hasta el último trimestre del primer año de vida, los niños no parecen reconocerse. A finales del primer año de vida, muestran cierta habilidad para reconocerse a sí mismos diferenciándose de los demás y, a partir de los 18-24 meses, podemos afirmar con seguridad que los niños reconocen su imagen con claridad y es cuando además comienza a usar los pronombres personales. 

Otro aspecto, “su identidad” (el self), que no es otra cosa que una teoría sobre sí mismo resultado de la experiencia y que no deja de cambiar a lo largo del ciclo vital; es algo más difícil de saber. En las primeras edades, contenidos de la identidad como: la identidad sexual y la identidad de género, no difieren y se adquieren de forma paralela. Será a partir de los tres años cuando los niños usarán el conocimiento de la identidad sexual y de género para definir con claridad sus preferencias y valoraciones. 

 

Fuente de información:

Jesús Palacios, Álvaro Marchesi y César Coll. Desarrollo psicológico y educación, I. Psicología Evolutiva. Ed. Alianza, p. 102-105